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El Estado falaz

El Estado falaz

 

Por: Renzo Abruzzese

 

La Real Académica de la Lengua Española define el término "falaz” como todo aquello "que halaga y atrae con falsas esperanzas”. Se trata, sin duda, de una poderosa expresión idiomática destinada a develar los misterios de la palabra. Se dice, por ejemplo, que el argumento es falaz cuando está destinado a encubrir la verdad, o se dice que una persona es falaz cuando intenta generar falsas expectativas a sabiendas de que no se las va a cumplir. Por esta vía podríamos decir que la política populista es en gran medida el arte de lo falaz.

 

 El producto de todo argumento falaz se conoce como falacia y, en consecuencia, una falacia se define como el "engaño, fraude o mentira con que se intenta dañar a alguien” o como el "hábito de emplear falsedades en daño ajeno”. Un argumento falaz es, por ejemplo, aseverar que los derechos de la Madre Tierra son más importantes que los derechos humanos y mientras se repite el argumento mañana tarde y noche, se avasalla un territorio protegido, como el TIPNIS, sin ir muy lejos.

 

La falacia consiste en intentar instalar la esperanza de que se respetará la Madre Tierra cuando en realidad lo que se pretende es destruirla; o cuando se pregona respetar los derechos humanos, cuando en realidad se los desprecia y desconoce cotidianamente. Puede suceder que los argumentos resulten tan dudosos que su efecto cognitivo sea insignificante, en esos casos la falacia se reduce a un acto de imaginación tan falaz como el objetivo del argumento.

 

 Decir, por ejemplo, que si la derecha ganara una elección los acólitos del Gobierno van a ser degollados y entregados a los perros en calidad de comida es una falacia en estado decadente. Es posible que las falacias posean un carácter tan oscuro que, frente a la imposibilidad de que la realidad y lo que se dice de ella muestre un mínimo de coherencia, se recurra a un argumento tan falaz que linde con el delirio, como el que el Vicepresidente formuló en Huarina: "si no lo llenan [el coliseo] grave, se lo va a llevar las graderías el Presidente Evo”.

 

Las falacias pueden, sin embargo, producir efectos devastadores y alcanzar límites impensados. Bolivia tiene un ejemplo de antología: el senador del Movimiento al Socialismo (MAS) Jorge Choque Salomé se inventó un pueblo de la nada con el fin de beneficiarse con 950 mil bolivianos del Fondo Indígena. Lamentablemente lo hizo meses después de la muerte de Gabriel García Márquez, quien, sin duda, lo habría incorporado en algún maravilloso cuento de realismo mágico en su versión macabra.

 

 Todo acto falaz debe contener una fuerte dosis de subjetividad, apelar a los sentimientos más profundos es un atributo conocido cuando la política se reduce al engaño y a la mentira sistemática. Una paradigmática falacia de este tipo se produjo cuando el Vicepresidente pedía a los padres y madres de la comunidad de Viliroco no abandonar al presidente: "Papá, mamá -decía- no lo abandonen al presidente Evo, no lo dejes solo. No lo abandonen. El presidente Evo si tiene apoyo construye colegios; si no tiene apoyo regresarán los gringos, regresarán los vendepatrias, regresarán los asesinos y a las wawas les van a quitar  todo y no va a haber destino. Va a haber llanto y el sol se va esconder y la luna se va a escapar, y todo va a ser tristeza para nosotros”. 

 

 Sin duda, este tropo podría ser una pieza de oro en los estudios sobre la falacia humana, pero en este particular caso muestra el nivel de decadencia al que puede llegar un Estado (dado que se origina en uno de sus artífices) cuando ha alcanzado el nivel de un Estado falaz.

 

 Por ampliación del término un Estado falaz es el aparato  político-ideológico que utiliza las "falsas promesas”, los miedos infundados, las figuras apocalípticas y los más profundos filones humanos como un dispositivo de control ideológico. Juega con los miedos humanos, los manipula, los eleva a los extremos del delirio o la paranoia. En realidad no le interesa en absoluto el ser humano, le es indiferente si sus falaces argumentos atormentan a sus víctimas, de lo que se trata es de utilizarlos.

 

 Al usarlos como carne de cañón en las falaces e imaginarias batallas por mantenerse en el poder, los transforma en objetos dóciles paralizados por el miedo y los fantasmas que le vaticina el poderoso, en realidad su finalidad es ponerlo en condición de un ser en permanente estado de capitulación. Un Estado falaz es por todo esto, en el fondo, un Estado decadente, temeroso, inseguro, pero temiblemente voraz.