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Bolivia, de la democracia representativa electoralista a las elecciones por sorteo

Bolivia, de la democracia representativa electoralista a las elecciones por sorteo

Por: Jorge Merida Salazar

 

El título de este escrito, como es bien sabido, es una entelequia, casi un absurdo. En Bolivia, el sistema electoral de la democracia liberal representativa −electoralista−, consagrado con sus especificidades y reestructuraciones lingüísticas en la decenaria Constitución Política de 2009, no es actualmente objeto de modificación para unas «elecciones por sorteo» a las que se hace alusión. En la dilucidación que prosigue, se conciliará las perspectivas irreales del planteamiento de las «elecciones por sorteo», una propuesta reformista de amplia repercusión, con el estado contemporáneo de la democracia electoralista en nuestro país. 

La democracia liberal, representativa y −en especial− electoralista presenta un situación de crisis y decadencia palpable que, cada vez más, aqueja la vida institucional de los Estados de modelo europeo moderno y, en general, occidental. Las elecciones, fundamento de sus respectivos sistemas políticos, son defendidas categóricamente como instituciones imprescindibles del Estado y, al mismo tiempo, los resultados insatisfactorios y los procedimientos electorales en exceso simplistas son cuestionados, cuando no desdeñados, y tienden a agravarse en crisis políticas e institucionales de gran medida. Los procesos de las elecciones, desde las campañas hasta la jornada del sufragio, se han convertido en magnos espectáculos mediáticos y propagandísticos, montados para producir éxtasis en los connacionales. Más grave aún, se nos ha subyugado a una vida en campaña electoral permanente, cuya extravagancia no es plausible. La regla pareciera establecer que hagamos votaciones emocionales, estando desinformados y de manera precipitada, en vez de promover los análisis minuciosos de los programas políticos puestos en la mesa para escudriñar y tomar decisiones con conocimiento.

Asimismo, Bolivia está envuelta en la vorágine de la democracia electoralista. Las tres elecciones en estos meses de 2019-2020, nacionales y regionales, dicen mucho al respecto. En el país, las crisis existenciales de esta democracia han atañido incluso la integridad institucional de las elecciones, el fraude en las esferas del Órgano Electoral. Los informes publicados hasta entonces denotan la fragilidad del proceso electoral en el país, en el cual parece que participábamos por la mera confianza de que no haya fraude. A su vez, las probabilidades de recomposición de un órgano institucional, transparente y de verdad apegado a la democracia son los desafíos sinceros que todos los actores políticos deben asumir −¡con sentido duradero en el tiempo!−. 

Más ampliamente, las elecciones también empiezan a perder un norte más o menos claro de elegir a nuestros representantes, ¿y contentarnos con el programa político que se imponga? ¿Aunque sea una victoria electoral de 51%? O incluso, con nuestro régimen electoral, puede ser una mayoría-minoría de 40% en tanto se logren las diferencias porcentuales necesarias. Por supuesto, las minorías políticas, consabidos perdedores, ni se considerarán. No se vislumbran acciones políticas que desemboquen en programas para la administración pública con un principio mínimo de cohesión social, interdependencia y legitimidad sustancial. En cuanto al acto mismo del sufragio, es realmente incoherente que nos apostemos en una fila de más o menos de 20 personas −si no hay suerte− y esperemos a depositar una papeleta con una crucecita marcada junto a tal o cual nombre, cuando siquiera dialogamos con nuestros conciudadanos sobre dicha decisión sobre la gestión de los problemas comunes. Bolivia se ha aplazado hace tiempo en la democracia electoralista, que también se aplaza a sí misma sin cesar, y la democracia participativa no parece ser la excepción.

En estos escenarios, las propuestas de reforma en los sistemas de elección de representantes y autoridades han sido absolutamente necesarias. Una bastante destacada nos redirige al título, «elecciones por sorteo», desarrollada últimamente por el arqueólogo e historiador David Van Reybrouck, quien considera que la institución de las elecciones en democracia es como comer mandarinas estando hambrientos. Por muchas que tengamos, no nos saciarán. Y eso, ni los escasos mecanismos de «democracia directa» nos salvan. Retoma la tradición de Aristóteles y Montesquieu, quienes consideraban el sorteo como naturalmente democrático y las elecciones como favorecedoras de las oligarquías, a la vez que ilustra regímenes electorales de este tipo en la Grecia antigua y en la Edad Media. Más contemporáneamente, las experiencias de algunos Estados como Irlanda, que dispuso un sorteo para elegir representantes aleatorios de la sociedad para formar un comité conjunto con los políticos para tratar un proyecto de ley para el matrimonio homosexual que pasaría a referéndum −obteniendo su aprobación−. En el siglo XVIII, el tiempo de las revoluciones liberales, estos sorteos desaparecieron casi por completo en favor de sistemas basados en elecciones por sufragio. El postulado de Van Reybrouck implica una restructuración del electoralismo a una democracia representativa aleatoria, con el matiz −al menos inicial− del establecimiento de una democracia birepresentativa en los parlamentos nacionales, con una cámara electa en el sentido del azar y la otra electa por sufragio. Esto permitiría salvar a la democracia de las elecciones, que no son precisamente democráticas.

Una propuesta de reforma democrática de esta magnitud lleva a pensar que las transformaciones de nuestros sistemas electorales, en general políticos, en aras de profundizar el gobierno para el pueblo, son absolutamente urgentes para la supervivencia del Estado boliviano. Ya ha habido propuestas parcialmente desarrolladas en artículos de prensa o en la academia, recogiéndose dos ilustraciones en las próximas líneas. En primera, María Galindo −activista del feminismo radical− ha propuesto recientemente reformar la Asamblea Legislativa para la constitución de bancadas de representación de grupos poblaciones específicos, en tanto condición humana. Bancada de ecologistas y animalistas, de mujeres, de la comunidad LGBT , de jóvenes (menos de 30 años) y −en base a procedimientos propios− de comunidades indígenas-originarias. Por otro lado, Delmar Apaza −profesor universitario en ciencias sociales e investigación− viene desarrollando la propuesta de federalismo en el sistema político boliviano, en el sentido de que sean elegidos 9 representantes o cojefes de Estado en el órgano ejecutivo, uno por departamento, con períodos de 6 años y una presidencia de Estado rotativa bianualmente. Esto se proyectaría para disponer una representación menos distorsionada de las voluntades políticas de los bolivianos por región. En conclusión, la construcción de un sistema político y electoral en una Bolivia compleja y abigarrada, hacia una forma de democracia plurirrepresentativa, debe estar en nuestra consideración y acción política permanente. Una democracia con eficiencia y legitimidad para los bolivianos es el norte común.

 

*La opinión del autor es personal y no constituye una posición oficial de la Fundación Nueva Democracia.

Modificado por última vez en Martes, 14 Enero 2020 21:05